Tesis doctorales de la Escuela Internacional de Doctorado de la URJC desde el curso 2024/25
When charisma justifies all. Unpunished leaders and affective perception of corruption.
Autor
RAMOS RODRÍGUEZ, LUIS
Director
VILLORIA MENDIETA, MANUEL
Codirector
BAZAGA FERNÁNDEZ, ISABEL
Fecha de defensa
21-11-2025
Calificación
Sobresaliente cum laude
Programa
Ciencias Sociales y Jurídicas
Mención internacional
Sí
Resumen
La presente tesis doctoral investiga cómo los líderes políticos carismáticos con un discurso populista logran neutralizar o normalizar, entre sus seguidores, la percepción de los escándalos de corrupción en los que están involucrados. Se parte de la constatación de que ciertos dirigentes con carisma y retórica populista mantienen un sólido apoyo popular a pesar de acumular acusaciones de corrupción que, en condiciones normales, generarían indignación y castigo electoral. En consecuencia, la pregunta central de la investigación es: ¿Cómo influyen estos líderes en la percepción e impacto de sus propios escándalos de corrupción entre sus simpatizantes, hasta lograr que dichos escándalos no les perjudiquen políticamente? Para abordar esta cuestión se desglosaron tres subpreguntas orientativas: (a) si el surgimiento de estos líderes al calor de una crisis (política, económica, social o de valores) contribuye a que sus seguidores resten importancia a sus conductas corruptas; (b) qué papel desempeñan los medios de comunicación –y, en la actualidad, las redes sociales– en la atenuación del impacto de tales escándalos; y (c) en qué medida la polarización afectiva generada por el discurso populista incide en la tolerancia o indiferencia de sus seguidores hacia la corrupción del líder.
Para responder a estas preguntas, la tesis realiza un estudio de caso múltiple centrado en tres líderes paradigmáticos contemporáneos: Silvio Berlusconi (ex Primer Ministro de Italia), Benjamín Netanyahu (Primer Ministro de Israel) y Donald J. Trump (Presidente de Estados Unidos). Estos casos fueron seleccionados porque todos reúnen las características de un liderazgo carismático-populista –incluyendo una fuerte conexión emocional con sus bases, discurso anti-élite y estilo transgresor–, ejercieron o ejercen influencia sobre medios de comunicación en sus países, y han enfrentado múltiples escándalos de corrupción sin ver mermado sustancialmente su apoyo electoral. La investigación adopta una metodología mixta. En una primera fase cualitativa exploratoria, se empleó un método Delphi con expertos para el caso de Berlusconi (dada la necesidad de profundizar en las complejidades del contexto italiano) y se realizaron entrevistas semiestructuradas a 15 expertos en los casos de Netanyahu y de Trump. Esta aproximación cualitativa permitió identificar patrones, mecanismos y posibles explicaciones desde la perspectiva de especialistas locales. En la segunda fase, de corte cuantitativo, se llevó a cabo un análisis estadístico mediante regresiones logísticas utilizando datos de encuestas de opinión pública en cada país. Esta triangulación cuantitativa sirvió para contrastar empíricamente si las tendencias sugeridas por los expertos se reflejan efectivamente en el comportamiento y actitudes de la ciudadanía.
Los hallazgos de la investigación revelan patrones comunes en los tres casos, ajustados a las particularidades de cada contexto. En primer lugar, el discurso populista de estos líderes fomenta una marcada polarización afectiva en la sociedad, dividiéndola en un “nosotros” (el pueblo virtuoso que apoya al líder) frente a “ellos” (las élites e instituciones tachadas de corruptas o enemigas). Todos los líderes analizados emplean retórica maniquea y emocional para construir un enemigo público que encarne la corrupción sistémica: Berlusconi denunciaba a la “izquierda comunista” y a la judicatura (“togas rojas”) como complots contra él; Netanyahu desacredita a jueces y medios críticos presentándolos como parte de una conspiración contra la voluntad popular; Trump demoniza a inmigrantes, opositores “progresistas” o funcionarios del sistema electoral y de justicia, calificándolos de corruptos o anti-pueblo. Esta construcción discursiva genera identidades colectivas opuestas con fuerte carga emocional: sus seguidores desarrollan sentimientos positivos de orgullo y agravio compartido en torno al líder (in‐group), mientras que dirigen sentimientos negativos (miedo, odio, resentimiento) hacia los grupos opuestos (out‐group). La consecuencia es una lealtad grupal intensa: cualquier denuncia de corrupción contra el líder tiende a ser interpretada por sus simpatizantes como un ataque espurio del enemigo más que como un hecho objetivo que deba ser condenado. En línea con esta dinámica, el análisis cuantitativo mostró, por ejemplo, que entre los simpatizantes de Trump las actitudes ante ciertos “enemigos” retóricos (como la inmigración ilegal o la desconfianza hacia la justicia) se relacionan con percepciones sesgadas de la corrupción según quién gobierne: sus seguidores perciben más corrupción y “abuso de poder” cuando gobiernan sus adversarios, pero minimizan o no perciben corrupción cuando Trump está en el poder, evidenciando cómo la afinidad afectiva altera la evaluación de la realidad.
En segundo lugar, la naturaleza carismática de estos líderes y el contexto de crisis en que emergen resultan factores clave. Los tres cumplen las características clásicas de liderazgo carismático definidas por la teoría: se proyectan como figuras “salvadoras” o mesiánicas ante una situación crítica, desafían el orden establecido con promesas de cambio radical, y establecen una relación emocional de cercanía con sus seguidores. Berlusconi surgió tras la crisis de legitimidad política italiana a causa del caso Tangentopoli presentándose como un empresario exitoso capaz de “rescatar” al país de la vieja clase política corrupta. Netanyahu ha construido su liderazgo en torno a una permanente crisis de seguridad nacional, erigiéndose en el protector indispensable de Israel frente a enemigos internos y externos. Trump capitalizó una crisis de confianza en las instituciones y malestar socioeconómico/cultural en EE. UU., proponiéndose como la voz anti-establishment que “drenaría el pantano” de la corrupción en Washington. En todos los casos, la existencia (real o percibida) de una crisis otorgó al líder un terreno fértil para que sus seguidores proyectaran en él esperanzas y demandas insatisfechas, confiriéndole una autoridad extraordinaria basada en la admiración. La investigación confirma que estos líderes lograron consolidar partidos altamente personalistas o personalizaron los ya existentes, donde el poder se centraliza en su persona sin apenas disidencia interna, cumpliendo así uno de los criterios del carisma moderno. Asimismo, su conexión emocional con las bases quedó patente en la evidencia cualitativa: los expertos describen a sus seguidores como considerándolos irreemplazables y fundamentales para el futuro de la nación. Esta devoción facilita una cierta “suspensión” de la racionalidad crítica por parte de la masa seguidora: la admiración y la emotividad generadas por el líder carismático reducen el peso de evaluaciones objetivas de sus acciones.
En tercer lugar, un elemento determinante en la neutralización de los escándalos es el control y uso estratégico de los medios de comunicación por parte de estos líderes. Históricamente, los medios actúan como vigilantes del poder (al exponer la corrupción) pero también pueden ser instrumentalizados. Los casos estudiados demuestran que Berlusconi, Netanyahu y Trump comprendieron la importancia de mediatizar su liderazgo y moldear la información para favorecer su narrativa. Berlusconi, en su doble rol de político y magnate mediático, influyó directamente en las líneas editoriales de sus canales de televisión (grupo Mediaset) para minimizar o desacreditar noticias adversas, además de gozar de amplísima presencia en pantalla que le permitió personalizar la política italiana en torno a su figura. Netanyahu, por su parte, contó con medios afines extraordinarios: un diario gratuito creado expresamente para difundir propaganda pro-gubernamental (Israel Hayom) y un canal de televisión (Channel 14) identificado por los expertos como “el canal de los bibists” donde cualquier crítico es sistemáticamente atacado. Trump, aunque no poseía medios tradicionales, supo alinear a grandes cadenas como Fox News a su causa (al menos durante buena parte de su mandato) y explotó las redes sociales como Twitter para comunicarse directamente con su base, llegando a crear su propia red (Truth Social) tras ser vetado en plataformas convencionales. Todos ellos mostraron un afán constante de condicionar la agenda informativa: elogian o premian a la prensa favorable y tildan de parcial, corrupta o “enemiga del pueblo” a la crítica. Esta estrategia comunicativa genera un ecosistema polarizado donde sus seguidores consumen mayoritariamente información filtrada o sesgada a favor del líder, mientras las voces disidentes quedan desacreditadas de antemano.
En efecto, los resultados de la tesis confirman que, bajo estas condiciones, opera un mecanismo de exposición selectiva y razonamiento motivado entre la audiencia partidaria. Los simpatizantes de estos líderes tienden a exponerse sobre todo a medios y mensajes consonantes con sus creencias y su lealtad (reforzando así sus percepciones preexistentes), y cuando se encuentran con informaciones disonantes (escándalos revelados por medios críticos), las reinterpretan de modo que no amenacen su apoyo al líder. La integración de los tres factores –polarización afectiva, liderazgo carismático (contextualizado en crisis) y control mediático– explica que los seguidores de Berlusconi, Netanyahu y Trump no castiguen electoralmente sus escándalos de corrupción, e incluso normalicen dichas conductas. La discusión conjunta de los casos muestra que, entre sus bases, la habitual indignación social que genera la corrupción quedó en gran medida neutralizada. En contextos tan polarizados, las revelaciones de comportamientos corruptos ya no producen unánimemente repudio moral, sino que son filtradas por el lente de la identidad política-emocional: para los detractores del líder (oposición política y parte de la sociedad) esos actos siguen siendo escándalos intolerables, pero para los simpatizantes fieles se transforman en sucesos irrelevantes, dudosos o perdonables. La investigación introduce el concepto de “percepción afectiva de la corrupción” para describir esta realidad: la evaluación de un escándalo depende menos de los hechos objetivos y más de los afectos e identidades del individuo. Si el evaluador forma parte del grupo fervientemente leal al líder, sus emociones positivas y la sensación de amenaza externa harán que perciba las acusaciones de corrupción como exageraciones o como “mal menor” frente a un objetivo superior (la misión redentora del líder). En cambio, quien no comparte esa identidad magnifica la gravedad del escándalo como prueba del peligro que representa el líder corrupto.
En términos de las hipótesis planteadas, los resultados confirman ampliamente las expectativas iniciales. Se verifica que (H1a) la aparición de un líder carismático en un contexto de crisis nacional puede efectivamente normalizar o neutralizar la percepción de sus escándalos de corrupción entre sus seguidores, al primar en estos la gratitud o esperanza depositada en dicho líder “salvador” por encima de consideraciones éticas convencionales. Asimismo, (H1b) el rol de los medios de comunicación resulta indispensable en este fenómeno: el control o sesgo mediático a favor del líder, junto con la segmentación informativa propiciada por las redes sociales, contribuye a que sus partidarios reciban una versión de la realidad atenuada o alternativa, reduciendo el impacto de las revelaciones de corrupción. No obstante, este efecto mediático presenta matices y variaciones según cada país (de ahí que consideremos la hipótesis parcialmente confirmada en algunos aspectos, por ejemplo, la distinta disponibilidad de redes sociales o medios estatales en cada caso). Por último, (H1c) se corrobora que el estilo populista, al alimentar la polarización afectiva en la sociedad, desempeña un papel crucial para que los seguidores ignoren la corrupción del líder: la retórica populista construye un marco emocional en el cual se justifica apoyar al líder “imperfecto” antes que permitir el retorno de las élites “corruptas” o adversarios percibidos como peores.
En conclusión, esta tesis aporta una nueva comprensión sobre cómo se entrelazan corrupción, percepción pública y liderazgo político. Desde una perspectiva teórica, se propone el concepto de la percepción afectiva de la corrupción en contextos de alta polarización, subrayando que las emociones y la identidad colectiva moldean profundamente la tolerancia a la corrupción. Se enriquecen así los modelos explicativos previos de las percepciones de corrupción, que tradicionalmente consideraban factores como la información disponible, la identidad partidista o la confianza social, incorporando ahora la identificación con líderes carismáticos y los lazos emocionales como piezas clave para entender por qué el electorado puede llegar a tolerar la corrupción bajo ciertas condiciones. Igualmente, la investigación demuestra empíricamente que el carisma actúa como catalizador del populismo: refuerza el fenómeno de razonamiento motivado entre los seguidores, desplazando la racionalidad en la evaluación de los escándalos y blindando al líder frente a la crítica ética.
En definitiva, esta tesis concluye que los liderazgos carismático-populistas estudiados han conseguido inmunizarse políticamente frente a sus propios escándalos de corrupción mediante una triple estrategia: aprovechar una crisis para legitimar su ascenso y consolidar un lazo emocional con la ciudadanía, fomentar una polarización ellos contra nosotros que redefine la corrupción como un mal atribuible únicamente a sus enemigos, y manejar el flujo informativo de modo que la realidad percibida por sus votantes sea compatible con seguir confiando en el líder. Este fenómeno plantea importantes retos para la calidad de la democracia, ya que socava el principio de rendición de cuentas: si un sector del electorado percibe que “todo el mundo es corrupto” o que la corrupción de su líder es excusable, entonces desaparece el incentivo electoral para la integridad, perpetuando prácticas corruptas en el poder. Por ello, comprender estos mecanismos es esencial para contrarrestarlos.